Hablar de Shostakóvich es, por sí mismo, un tema de controversia. Sus primeros trabajos en 1920 ya desbordaban emoción ante la liberación popular representada en 1917 con la Revolución de Octubre. Su Séptima Sinfonía, apodada “Leningrado” y escrita bajo el asedio de la ciudad (que hoy se conoce como San Petersburgo) por los nazis, se convirtió en un icono de la resistencia soviética que venció al Ejercito Alemán. Sin embargo, el músico se enemistó con la jerarquía soviética hasta el punto de temer por su vida, por lo que posteriormente también ha sido convertido en símbolo del anticomunismo.

El estilo original de las primeras obras maestras de Shostakovich contribuyó al movimiento de vanguardia que floreció en la sociedad rusa como resultado de la revolución (hablo del Constructivismo, de la mano de Maliévich, también de la poesía conceptual de Mayakóvski).

Al detallar la vida y el trabajo de Shostakovich, asistimos a la historia soviética tal cual como es descrita en los libros de historia, contemplamos la caída del zarismo, las invasiones alemanas, la perestroika y el estalinismo (que fue finalmente su sepulturero).

Tampoco es posible ignorar la cantidad de debates suscitados de la figura de este músico. Se sabe que una coartada de cada movimiento político y liberador (los hay de las más diversas corrientes) han sabido apropiarse, no solo, de la obra del artista sino también de su propia biografía.

Lo cierto es que la identificación de Shostakovich con la revolución rusa hizo que su trabajo evocara con fuerza los tambaleantes destinos de la URSS, desde los sus primeros años hasta hasta el estalinismo, el resquebrajamiento tras la muerte de Stalin, la guerra fría y el estancamiento de los años sesenta.

La figura de Shostakovich pertenece a un espectro de análisis muy amplio en la música, la historia del siglo XX y los debates culturales, así como la mezcla de buena música con la acción radical.

Por José del Prado

Periodista y escritor