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Pablo Katchadjian: «Me imagino de muy viejo, como un loco, mandando mensajes a los muertos»

Pablo Katchadjian (Buenos Aires, 1977) es un destacado escritor argentino, novelista y autor de varios libros de poesía. Entre sus obras más notables están las novelas Qué hacer (2010), Gracias (2011), Amado Señor (2020), así como los famosos textos experimentales, El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (2007) y El Aleph engordado (2009).

Muchos alguna vez hemos experimentado con la intervención de textos de otros autores, pero, en algunos casos, puede existir esa incomodidad de aclarar a los demás que el texto no es tuyo, al menos no, del todo… Tú has participado de esos ejercicios literarios con mayor éxito y menos prejuicios, supongo que tu experiencia fue distinta.

Bueno, yo nunca me planteé ese dilema de si decir o no, porque en lo que hice el interés estaba puesto en la comunicación con el pasado, con otros escritores del pasado que yo consideraba colegas, en algún punto, pero al mismo tiempo monumentos, y entonces lo que yo quería era fortalecer el lado de los colegas, que es el lado vivo, para poder comunicarme. Era como un trabajo conjunto que hacíamos esos autores y yo, así que la autoría doble estaba en primer plano. No había una idea de apropiación o de juego sino de comunicación y de creación. También recuerdo que en esa época estaba muy interesado en hacer literales las metáforas. Entonces, “uno siempre escribe a partir de los textos de quienes lo precedieron”, y de ahí…

A veces ese tipo de trabajo literario termina siendo mucho más provechoso para el autor que para el público lector. Terminas aprendiendo muchísimo.

Hice varios trabajos de este tipo que no publiqué. Y es cierto que uno aprende haciéndolos, pero aprendí mucho más con los que publiqué. Los publiqué, justamente, porque pensé que eran, como vos decís, aprovechables para un lector. O quizá porque ese momento en el que uno se abandona a los otros es el único que se puede aprovechar de verdad.

¿Tienes pensado publicar más textos de este estilo?

De esos libros pasaron más de diez años, y por ahora nada me empuja de nuevo a eso. Pero me imagino de muy viejo, como un loco, mandando mensajes a los muertos.

¿Qué podrían pensar Kleist y Voltaire si leyeran Gracias?

Seguramente verían muchos problemas y les disgustaría verse como responsables. Pero quién sabe.

No deja de resultar curiosa la predilección que tienes por Kleist. Uno siempre lo ve a él como el arquetipo del romántico alemán. Sin embargo, algunos teóricos dicen que el surrealismo es el romanticismo llevado al extremo, fuera de control, la consolidación de libertad total… ¿Lo ves así?

A mí también me resulta curiosa, porque al leerlo fue un amor inmediato y sin reparos, y el amor es curioso y es un misterio. Y una suerte, en el sentido de que uno tiene que agradecer por haberse cruzado con cosas y personas que lo animaron a seguir sus impulsos. Pero en Kleist también está la fascinación con la ética, incluso la locura ética, que es algo que también me atrae. Es cierto que resulta difícil imaginar el surrealismo sin el romanticismo. Pero también sin, digamos, el renacimiento, y uno no diría que el surrealismo es la cumbre del renacimiento. O quizá sí, pero en ese caso se vuelve todo una especie de escalera que va ascendiendo, o descendiendo, y no pienso así la historia. No sé cómo la pienso, quizá como una cadena donde los eslabones no tienen mucha idea de con qué están agarrados. Y que, bueno, tampoco tiene forma de cadena.

¿Cómo ves la literatura vanguardista en tu país? En la literatura argentina hay ilustres escritores que son escasamente conocidos, como Osvaldo Lamborghini, por ejemplo, quien fue poseedor de un talento inmenso y es muy apreciado por el reducido grupo que lo conoce, sin embargo, sigue siendo un escritor de una literatura aparte, que se admira, pero de la que nunca se habla

Me acuerdo de un ensayo de Bolaño, “Derivas de la pesada”, que lo leí hace tiempo pero me dejó la impresión de que la literatura argentina le daba miedo, como si fuera algo que podía, digamos, correrlo por izquierda. Ojalá fuera así.

Escribir novelas como Víctor Hugo o Stendhal, después de la aparición del cine, puede haber perdido sentido para algunos. Lo mismo dicen con respecto a la pintura realista después de la invención de la fotografía. Las vanguardias prosperaron a raíz de los avances tecnológicos y buscaron mostrar lo que el cinematógrafo y las cámaras no podían reproducir ni captar. Tal vez una cosa no sea del todo consecuencia de la otra, pero conforme la tecnología audiovisual avanza, parece que el arte se vuelve más indefinido. ¿Qué punto de vista tienes tú?

En una época lejana empecé a hacer un doctorado que finalmente abandoné. Y lo que trabajaba en mi tesis eran las vanguardias en Argentina y otros países de la región en el contexto tecnológico de principios de siglo XX. No llegué muy lejos con la tesis, aunque hice mucho trabajo de archivo y tenía una perspectiva, que es la misma que tenían varios poetas, como por ejemplo Huidobro: “Si canto al avión con la estética de Víctor Hugo, seré tan viejo como él; y si canto al amor con una estética nueva, seré nuevo”. La estética nueva saldría de la sensibilidad a lo que nos rodea. Pero no respondí lo que preguntabas. Yo no veo que el arte se esté volviendo más indefinido. Quizá al revés: se vuelva mucho más definido cuando se termine de ver que lo que prometía volverse definido no lo hizo y, por lo tanto, sigue pendiente.

¿Ves en la literatura de estos últimos años algún rastro del internet? Las conversaciones ocurriendo todas a la vez, las escenas fragmentadas, los finales abruptos, las imágenes en collage, la mezcla de los estilos…

Yo pensaría que internet y la literatura tienen rasgos en común que vienen de otra tercera cosa. O que internet tomó cosas de la literatura.

Tu última novela se llama Amado Señor. Una historia donde el señor también puede ser señora, y también llega a ser muchas cosas. Aquí te alejas mucho de la estructura en novelas pasadas…

Bueno, sí, pero a la vez no tanto. Qué hacer, por ejemplo, que es mi primera novela, tiene esa misma forma de girar alrededor de lo mismo en capítulos cortos y repetitivos que van avanzando sin proponérselo demasiado, como algo que se desenvuelve. Me gusta mucho cuando se arman sistemas de repetición y variación, porque ahí se vuelve todo musical.

Pero lo místico siempre está muy presente en tus libros…

Sí, es cierto, y no sé por qué, es un impulso que seguí. El centro de la experiencia que no se puede nombrar y la pérdida de la razón como procedimiento. Eso es lo místico, y eso es también lo absurdo, que debe ser una forma atea de lo místico. También hay otros impulsos menos literarios que sigo, como por ejemplo tratar de ser útil, o cierta cursilería de los sentimientos.

¿Emotivamente, prefieres alguna obra tuya por encima de todas?

No, no. Es un cliché, pero siempre pienso en lo que estoy haciendo o lo que imagino que voy a hacer. Pienso: algún día quizá me salga algo que…

¿Considerando que el soneto aún es una forma literaria en uso vigente, te veremos algún día escribir novelas, por ejemplo, al estilo de decimonónico?

Si de repente me pareciera que lo que tengo que hacer es escribir así, claro. Pero no creo, porque lo que a mí me gusta es que la forma aparezca, no partir de la forma. El problema es que cuando uno hace eso aparecen formas raras, y eso produce la impresión a veces de que uno partió de una forma. Partir de una forma sería como decir: “Voy a escribir una novela como las que se escriben ahora”.

Es usual odiar escritores, muchas veces es un odio infundado, otras tienen detrás un argumento en función al gusto o al valor artístico. ¿Qué escritores no te gustan ni te van a gustar?

Prefiero hablar de lo que me gusta, lo otro está por todos lados. Sebastián Bianchi, un poeta argentino, inventa una escena –creo que la inventa– en la que San Martín y su ejército están rodeados por un ejército mucho mayor, y entonces San Martín grita: “¡Soldados, estamos rodeados! ¡No los dejemos escapar!”.

Katchadjian, ¿nunca se te ocurrió escribir en armenio?

Me encantaría, pero mi armenio está un poco olvidado.