Munir Hachemi es un escritor español. Nació en Madrid en 1989, de padre argelino y madre andaluza. Su primera novela, Cosas vivas (Editorial Periférica) pone sobre el tablero literario los temas de la explotación laboral y la inmigración. Ha publicado diversos cuentos sueltos y dos novelas más, Los pistoleros del eclipse y «廢墟». La revista británica Granta lo considera uno de los mejores escritores jóvenes en lengua castellana.

Primero, una pregunta terriblemente básica pero fundamental: ¿quién es Munir Hachemi? ¿Qué hacías antes de escribir literatura?

No sé quién es Munir Hachemi. Por una parte, porque hay un Munir Hachemi público y otro privado (cuando Borges escribió «El otro» o «Borges y yo» eso constituía una novedad; hoy nos pasa a todos); por otra, porque de cada uno de esos munires también hay varios.

La segunda pregunta es más fácil de responder: nada. Yo siempre he escrito literatura o siempre he escrito literatura desde que empecé a contarme a mí mismo mi vida, lo que no es una coincidencia. Y aunque no hubiera escrito siempre literatura la respuesta seguiría siendo la misma: nada. Antes de escribir literatura no hacía nada en especial.

España es un país con una tradición árabe evidente, con la Alhambra o el filósofo Ibn Arabi como vestigios, sin embargo, los españoles suelen observar el mundo árabe desde la extrañeza y la otredad. ¿Por qué crees que pasa esto?

O desde el exotismo. Me parece que tiene mucho que ver con algo que decía hace poco en un texto de opinión: que la idea de una nación española (grande, libre y todo eso) se construye precisamente excluyendo al otro: al esclavo negro, al indígena de la encomienda, al judío, pero especialmente al moro al que se expulsa en ese acto fundacional mal bautizado como «reconquista». En ese sentido España tampoco es especial: todos los estados-nación europeos modernos se fundan sobre exclusiones. Si despunta en algo es en la incapacidad de nombrar: ni es una «nación», ni hubo «reconquista» ni es del todo «europea». Quizá por eso ha dado un puñado de buenos escritores en la historia, por los malentendidos.

Varios medios han difundido la información de que has pasado la mayor parte de tu vida en Argelia, ¿qué tan cierto es esto?

Lo cierto es que eso es otro malentendido que no sé de dónde ha salido, aunque me lo he encontrado varias veces. Aprovecho y aclaro: no he pasado parte de mi vida en Argelia (o sí, pero una parte muy pequeña), me crié en Madrid hasta los 22 años y luego me fui a Argentina, que se parece un poco a Argelia, sobre todo en el gentilicio, pero no es lo mismo. Sí estuve allí un tiempo de pequeño, un tiempo mítico que casi no recuerdo, y luego he vuelto algunas veces –las que he podido– y siempre he pasado mucho tiempo con mi padre, que no deja de ser, en cierto modo, también una parte de Argelia.

Algunas veces la ciudad en la que se nace es más determinante que el país al que de momento pertenece. ¿De qué manera te ha influido Madrid?

Creo que he sido madrileño de la forma más típica o más bien de la segunda forma más típica, porque la primera es ser de otra parte del Estado e irse a vivir a Madrid. La mía consistió en crecer sin saber muy bien qué era Madrid (soy de Lacoma, el barrio en el que Madrid deja de ser Madrid por el norte) más allá de un lugar al que alguna vez bajaba en un bus que tardaba casi una hora en dejarme en Moncloa. Luego me enamoré de Madrid, luego la odié profundamente, luego las dos cosas, luego me obsesioné y le escribí poemas ridículos, luego me fui y la eché muchísimo de menos, luego no quise volver ni a pasar el fin de semana, luego me reconcilié a medias y después he ido repitiendo partes de ese esquema de dos en dos o de tres en tres menos, por suerte para todos, la de los poemas. Como te decía, un madrileño típico.

Con la novela Cosas vivas has puesto en el tablero literario un tema que hoy es central, pero que siempre fue universal: el respeto por el otro, esto incluye a humanos y animales… ¿qué te llevó a esto?

Un juego. Unos años después del viaje de la novela, que fue un viaje real, tres de los protagonistas nos propusimos escribir cada uno un cuento o una nouvelle o un poema o cualquier otra cosa y reunirlos en un volumen. Álex acabó escribiendo una novela de ciencia ficción sobre repartidores de Deliveroo en Shanghái, aunque creo que no la terminó. G empezó y borró y volvió a empezar muchas veces un texto que nunca acababa de gustarle y a mí un relato corto se me convirtió en Cosas vivas, que en un primer borrador se llamaba Syngenta. Luego tuve la suerte de que Julián Rodríguez lo leyera y siempre me he preguntado qué habría pasado si hubiéramos publicado los tres el volumen en conjunto, y en consecuencia qué pasa con esos dos relatos que Álex y G nunca llegaron a escribir y también, más en general, qué pasa con toda esa gente perfectamente capaz de contar muy bien una historia pero que nunca la cuenta, o la cuenta y no hay nadie para escucharla, es decir: con los escritores que no escriben. ¿Qué pasa con ellos?

Resulta curioso que tu experiencia francesa se produjera lejos del ambiente romantizado que todos asumimos de Francia como país literario. ¿Francia fue un golpe de realidad para ti?

Probablemente aquí sí tuvieron mucho que ver esos años que yo no pasé en Argelia o un Munir con el que me confunden pasó en Argelia, porque yo siempre he sido impermeable a esa idea romántica de Francia, siempre que he leído cualquier texto de los autores del ambiente literario de París no se acaba nunca, por decirlo rápido y sin citar cada nombre, siempre que me hablaban de las genialidades de Duchamp o siempre que leía a Maupassant o incluso a Camus, sí, incluyo a Camus y también a los grandes teóricos franceses, a Foucault, a Derrida, a Deleuze, siempre, te decía, me preguntaba dónde estaba Argelia, por qué ese silencio, por qué esa ausencia de esos dizque tres departamentos del otro lado del Mediterráneo, y supongo que la conciencia de esa falta atronadora es lo que me hizo impermeable a la romantización de Francia y lo que me lleva a responderte que no, en ese sentido no me llevé ningún golpe de realidad porque ya sabía a lo que venía.

¿Crees que tu obra literaria te haría ganar enemigos?

No, pero sí ser un personaje público, y más en este país. Como parece ser que le decía Parra a Enrique Lihn: aquí casi nadie lee, no hay que preocuparse por lo que uno escribe. Hace poco me he enterado de que la mayor parte de los lectores en digital de los grandes medios son, precisamente, los que se oponen a su supuesta línea editorial. La mayoría de suscritos a El País, por ejemplo, son ultraderechistas que se meten inmediatamente a comentar cada uno de los artículos antes de leerlos, les vale con el titular y a veces incluso con el nombre del autor o con la foto del encabezado. Son lectores que no leen, lectores-comentaristas furibundos y desaforados. ¿No es una definición perfecta de la identidad nacional?

La revista Granta te ha incluido en su lista decenal de mejores escritores jóvenes en lengua española, ¿cómo asumes la creación con toda la expectativa que hay detrás de ti?

A veces eso que llamamos «mundillo literario» se siente opresivo, pero creo que en mi caso me salva un poco el hecho de que Cosas vivas fuera mi tercera novela, no la primera, de haber autoeditado dos novelas que ya a todos los efectos no existen pero que en cierto sentido suponen una trayectoria que me recuerda que yo no soy el autor de una novela llamada Cosas vivas, o no sólo eso. De todas formas, casi no encuentro tiempo para escribir, así que no es algo en lo que piense demasiado.

¿Cuáles son tus referentes literarios? ¿Tienes un canon personal?

Cada vez me doy más cuenta de que el canon literario se conforma en una época concreta de la formación literaria y ahí se queda y ya no hay forma de moverlo, o cuesta mucho. Yo he leído y sigo leyendo muchos libros muy buenos, libros que me fascinan o me obsesionan, pero no entran en mi canon, no pasan a ser puntos cardinales en mi mapa literario, no sé si me explico. Dicho esto, mi canon es en primer lugar Borges, sobre el que he hecho una tesis doctoral, y también Bolaño, que fue algo así como mi forma de despegarme de Borges y luego Piglia, que entró en ese canon sin que lo invitara y que quizá por eso mismo sea el que más derecho tiene a estar ahí. Luego he tenido épocas pizarnikianas, vallejianas, bellatinescas, pero los tres puertos en los que siempre acabo atracando de un modo u otro son esos tres.

¿Cómo ves la actualidad de la literatura hispana contemporánea?

Uf, qué pregunta más difícil. No creo que exista una literatura hispana, la verdad, como mucho una en castellano. A este lado del Atlántico creo que las cosas siguen un poco como siempre, mucho realismo aparte de algunas contadas excepciones y luego muy buena poesía. A mí la narrativa que más me interesa es la latinoamericana, especialmente la rioplatense. Leo mucho lo que se hace allí: he leído a y disfrutado de y aprendido con Tomás Downey, Iosi Havilio, Roque Larraquy, Rafael Pinedo y nombres que ya son canónicos como Samanta Schweblin o Mariana Enríquez.

¿Qué lees actualmente?

Me acabo de terminar Vivir abajo, de Gustavo Faverón, que me ha gustado mucho, lo que es lógico si tenemos en cuenta que es un libro muy parecido a 2666, una de mis novelas favoritas, aunque más latinoamericano o latinoamericano en un sentido más amplio y en el que España desaparece y pasa a ser Estados Unidos.

¿Las mil y una noches o el Quijote?

Las mil y una noches o, en todo caso, la versión en inglés del Quijote, que por lo que tengo entendido es muy superior a la española.

 

Por José del Prado

Periodista y escritor