Del escritor colombiano Fernando Vallejo se han dicho muchas cosas, pero la opinión que prevalece es que Vallejo hace parte de una literatura comprometida con “decir todo”, que mezcla lo marginal -pero lo marginalmente vivido personalmente- con una cierta erudición intelecto-literaria. De hecho, como problema cultural y literario, el factor más decisivo en la escritura de Vallejo es comprender su franco compromiso.

Vallejo intentó hacerlo frente a la novela autobiográfica El desbarrancadero en 2001. Simbólicamente, la imagen del título destaca la vida al borde de la ruina, pero en términos precisos se refiere al paso en el que el narrador, en vísperas de la muerte de su hermano Darío, recuerda los días locos y felices de su juventud cuando, en a bordo de un Studebaker, suben al Alto de Minas, “algún pequeño pico de los Andes”, cerca de Medellín, su ciudad natal.

El coche está lleno de prostitutas, “bellezas” al servicio del sexo y las gotas. Una densa niebla cubre los abismos de la curva de la carretera, pero Darío, al volante, “nunca perdió el control”, conduciendo “con mano firme y ciencia infundida, bajo la tutela del Espíritu Santo”.

En el camino de regreso, de la misma manera, vino “zigzagueando por la orilla, serpenteando en nuestra cama de viaje”. El cuento de hadas surge muchos años después, cuando el narrador regresa a Medellín para visitar al mismo Darío, ahora enfermo terminal.

Este es el suceso que provoca el desastre pospuesto en los baches de los que se alejaban por el milagro ciego de la frescura, ahora perdida para siempre. El pasaje compite en fuerza afectiva con otro, cuya pista está en la foto de la hermosa portada del libro, en la que Darío, de cuatro años, es abrazado por el narrador de cinco. Son dos hermosos niños, cuya vitalidad se desvanece en el viejo álbum de fotos que atraviesa el moribundo, como en reconocimiento a la tierra del cementerio.

Destaco esta escena funeraria porque es el foco donde converge la narrativa, pero todo el libro es una triste evocación de la infancia feliz, a través de un aluvión de abusos contra todo y todos, en el momento de la muerte de su hermano y padre. Se habla mucho de la iconoclastia de Vallejo. Pero la iconoclastia aquí es estilo, no política: un estilo imprecatorio cuya función es dramatizar el trasfondo evocador y sentimental de la novela.

Por José del Prado

Periodista y escritor