El escritor, editor y librero uruguayo, Gonzalo Baz (Montevideo, 1985), emergente de la escena literaria en nuestra lengua y director del sello editorial Pez en el hielo, está considerado como uno de los 25 mejores narradores jóvenes en lengua hispana, según la revista Granta. Su primera novela, Los paisajes comunes (2020) sucede al libro de cuentos, Animales que vuelven (2017), editado por su propia editorial y ganador del Premio Ópera Prima del Ministerio de Educación y Cultura de Uruguay.

¿Cómo ves la experiencia a nivel creativo de publicar tu propia obra?

El trabajo de las editoriales y de los editores es fundamental, pero siempre que me preguntan sobre mi experiencia con la autoedición, digo que fue lo mejor que pude haber hecho con mi primer libro «Animales que vuelven». Las primeras copias fueron artesanales, cosidas a mano, con tapas hechas en serigrafía y distribuidas en un circuito muy under. A partir de ese gesto de autopublicarme empezaron a darse una serie de hechos y encuentros fundamentales para mi formación tanto de escritor como de editor. Sobre todo pude entender que el proceso de publicación nunca termina con el libro físico en tus manos. Más allá de lo comercial, hay un montón de momentos posteriores que son definitivos en una obra. Hay que trabajar alrededor del libro, generarle un hábitat.

¿Crees que en las publicaciones independientes puede haber un fin más allá de la vanidad o el estatus social que implica llamarse escritor?

En Uruguay, los escritores más importantes publicaron sus obras en editoriales independientes. Al menos en sus inicios. No era una cuestión de elección, era la única posibilidad que tenían de ver sus libros en circulación. Sin las editoriales independientes la literatura latinoamericana sería lamentable. Son ellas las que suelen tomar riesgos o ir en busca de lo experimental, valores que no siempre son compatibles con el rédito económico, pero sí con la vitalidad de la literatura y la bibliodiversidad.

Una editorial puede funcionar como una fuente necesaria de aprobación de terceros… ¿Has necesitado esa aprobación alguna vez?

Hay una idea de que ser publicado por una editorial grande o trasnacional es un momento de legitimación. Pero eso tiene más que ver con el mercado que con la escritura. Muchas de las grandes editoriales incluyen en sus catálogos autores nuevos que han sido “exitosos” en editoriales independientes. Las primeras en tomar el riesgo son las editoriales pequeñas. Cuando el libro gana algún premio o es reconocido por la crítica, pasa a formar parte de los catálogos de las grandes editoriales. Esto no quiere decir que lo que publican las editoriales pequeñas sea siempre bueno. Hay de todo, pero está claro que las apuestas son diferentes.

¿Esperabas que Granta te eligiera? En cuanto a los demás escritores de la lista, ¿has conocido a alguno?

Había leído a algunas escritoras como Mónica Ojeda, Paulina Flores y Cristina Morales, porque eran las que llegaban a las librerías de Uruguay. Hasta hace un tiempo, trabajaba en una librería, por lo que estaba siempre atento a las novedades.  A Cristina Morales llegué a conocerla personalmente en una feria del libro en Montevideo. A otros de los seleccionados los conocía de nombre, pero sin haberlos leído. La mayoría eran desconocidos para mí. Nunca pensé estar en una lista así.

La percepción que el mundo literario suele tener de Uruguay es la de un país profundamente literario. Sin ser exactamente Santa María, es nostálgico, silencioso, inmensamente culto y del que fuera de la periferia rioplatense, muy poco se sabe…

Uruguay es un país relativamente joven cuya fundación no tiene mucha épica. Hubo que inventar unos mitos fundacionales poco convincentes para que nos creyéramos el cuento de la identidad uruguaya que, en parte, terminamos aceptando gracias al arte, la literatura y el fútbol.

Tenemos muchas librerías y editoriales, varios artistas reconocidos, y la gente compra libros a pesar de que siempre se esté diciendo que el libro está en crisis. Sin embargo, es un país donde es muy difícil vivir siendo artista y la mayoría tenemos que dedicarnos a otras cosas como la docencia, el periodismo, la edición, la venta itinerante, etc. Por otra parte, somos un país tremendamente centralista desde su fundación. Todo gira en torno a Montevideo, algo que cuesta superar pero que, como decimos acá, “rompe la cara” cuando ves que la mayoría de los artistas son de otras partes del país.

¿Te sientes heredero de algún maestro, de alguna corriente?

No tengo maestros ni me considero parte de ninguna corriente. Me interesan los escritores que escriben en movimiento. Aprendo de ellos.

¿Cuál sería tu canon literario? Tu base.

Mi base va cambiando. Hay autores que me acompañaron durante años pero que no he vuelto a leer, seguramente les deba muchas formas de ver la literatura. Leí mucha literatura de Uruguay y de Brasil, que son los países donde viví. Nunca he sistematizado mis lecturas, siempre fueron caóticas y guiadas por la curiosidad y el deseo del momento. En la actualidad, me siento en diálogo con escritores contemporáneos de Uruguay como José Arenas, Francisco Álvez Francese, Leonor Courtoisie. Todos muy diferentes entre sí, pero con miradas y voces igual de potentes.

¿Es posible la novela sin personajes? Tú sueles presentar atmosferas muy trabajadas, tal vez con algún toque felisbertiano, y en una ocasión dijiste que a partir de ese elemento empezaba a funcionar tu creación, y realmente se nota. Hoy que el personaje suele pasar a segundo plano en pro de una literatura más experimental.

El centro de mi escritura siempre son los personajes, solo que hay un desplazamiento del foco de la narrativa hacia los espacios. Tanto en mi novela «Los pasajes comunes», como en Deshabitantes (el cuento incluido en la antología de Granta), hay un interés por la relación que tienen los personajes con lugares recordados. El espacio es protagonista, pero está transformado por la memoria y la imaginación de quienes lo habitan. Los lugares se presentan como escenarios fantasmales donde se esconden enigmas relacionados con la vida de los personajes y con momentos históricos y políticos del país. Me interesa experimentar a partir de esas cuestiones. No creo que sea nada nuevo, hace poco leí Lo infraordinario, de Perec y sentí que ahí había mucho de mis intereses. Pero sigo buscando una forma más próxima, más mía.

Estarás de acuerdo conmigo en que la mala literatura es muy fácil de reconocer y está por todos lados, sin embargo, criticar una obra desde la perspectiva de otro escritor no suele ser muy común en algunas instancias. ¿Tú tienes, como lector, alguna lista negra?

No tengo listas negras, pero por haber sido librero durante años tengo buen ojo para ver cuando algo viene inflado de marketing editorial: cuando se compara la obra de un autor nuevo con grandes obras canónicas, intentando forzar que un escritor se parezca a otro; cuando te dicen que un libro nuevo está destinado a ser un clásico o que es un libro urgente y profundamente contemporáneo. Todas esas son señales de que ese libro no me va a mover un pelo. He caído demasiadas veces en la trampa. Los buenos editores saben cómo vender sus libros sin caer en esas triquiñuelas y, te guste o no lo que publican, sabés que podés confiar en ellos.

Volviendo a los tópicos uruguayos, vienes de un país donde ha salido muy buena literatura, específicamente poesía de muy alto nivel. ¿Qué relación tienes con ese género actualmente?

No me considero un gran lector de poesía, aunque sí, leí a las grandes poetas uruguayas como Idea Vilariño, Marosa di Giorgio, Circe Maia. Cada tanto vuelvo a ellas y a otros poetas. En los últimos años he leído bastante poesía contemporánea uruguaya porque trabajo en una colección para Pez en el hielo que me mantiene en constante búsqueda. He encontrado muchos cruces entre géneros: poesía, ensayo, narrativa. Me gustan esos híbridos, no me interesan tanto las formas puras.

Google dice que eres actor…

Creo que hay un actor con el que compartimos nombre y apellido. Seguramente sea mucho más famoso que yo. Nos estamos disputando el algoritmo. Sería gracioso conocerlo. Me gusta mucho una película de Rejtman que se llama Silvia Prieto, donde dos personas que se llaman igual se disputan la originalidad del nombre.

Por José del Prado

Periodista y escritor